ESCRIBIR (VII)

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¡Jugar! ¿Por qué cuando decidimos escribir renegamos del niño que llevamos dentro? ¿Queremos convertir nuestro trabajo en algo pesado, duro, aburrido…? Tal vez el trabajo del oficinista que pasa todo el día revisando albaranes, facturas, preparando informes de ventas,…y demás delicias del mundo empresarial, pueda ser del agrado de alguien, pero dudo que tal placer pueda ser compartido con los escritores. ¡Hay que jugar! Hay que divertirse, hay que vivir lo que escribimos, siendo parte de la historia, un personaje más o el propio protagonista.

Escribir es un juego maravilloso. Si no juegas, no escribes. Estaríamos narrando algo que se nos ocurrió en algún momento, y poco más. Nuestros textos son la cancha en la que tenemos que meter goles chutando a todas las palabras que nos alcancen. Si alguna se va fuera, hay que olvidarla y volver a la partida con otra. Quien dice palabras, dice frases, párrafos, páginas, capítulos enteros.

Recibo textos con historias, algunas más interesantes que otras, pero cuando empiezo a leer, me entra un sueño inaguantable. Me explico. Propongo un ejercicio con los libros que tengamos a nuestro alcance, preferiblemente que no hayamos leído, en una biblioteca es el lugar perfecto: elegimos al azar una docena de ellos. Los abrimos en cualquier punto y leemos uno o dos párrafos. ¿Qué descubriremos? Que así, en frío, apenas nos daríamos cuenta de que se trata de libros de varios autores. Podremos ver que suelen ser escritos casi todos de la misma manera, conjugando los verbos en el mismo tiempo en la mayoría de las veces, y componiendo una sintaxis según normas básicas de manual, sin otro objetivo que narrar algo, casi sin importar de qué manera. Eso no significa que las historias no sean buenas. Todas las historias son buenas, porque cada historia tiene sus lectores dispuestos a leerlas. Yo quiero que me sorprenda la forma de ser escritas.

El escritor tiene que jugar, sentirse orgulloso de su sabiduría y echar mano de sus más rebeldes instintos. Hay que ser valientes y descubrir nuestros propios estilos, cultivarlos, jugar hasta ganar la partida. El premio será una personalidad propia por la cual ser reconocidos inmediatamente, sin leer la portada para saber quién es el autor. Las normas están para romperlas. Sabemos que el hombre ha evolucionado siempre por haber practicado el sano ejercicio de romper normas, y eso siempre ha permitido mejorar.

Hay historias que merecen ser contadas de otra forma. Merecen ser el fruto de la voluntad de jugar de su autor, de divertirse, disfrutar escribiendo, emocionándose sintiendo que está ganando la partida obteniendo un resultado diferente, innovador.

En ocasiones he propuesto reescribir textos en segunda persona plural, conjugando en presente o futuro, aplicando todos los cambios que hay que hacer como consecuencia directa del cambio. Textos así son casi imposibles de leer porque la mayoría de autores cuentan historias como si fueran leyendas de tiempos muy remotos. Mi correctora me ha regañado por haber escrito una novela simplemente en primera persona, conjugada en presente indicativo. Me sugería que la reescribiera como todo el mundo: en tercera persona, en pasado. Me negué. Yo quiero jugar, atreverme a otras forma de manifestar mi sentir literario. Mi novela tampoco es una proeza inédita, sin embargo me he divertido, he jugado, y he tenido la posibilidad de componer párrafos que me han transportado, me han emocionado, me han excitado, me han envuelto en cada una de las situaciones que en ella describo. Adoptar una forma menos usada de escribir me ha inspirado a buscar nuevas jugadas que me permitieran superar los adversarios como el tedio y el aburrimiento, y meter gol. Yo juego, me divierto, disfruto buscando cada vez formas distintas de narrar las historias que necesito contar.

No es la primera vez que me pregunto: ¿da igual de qué modo escribir una historia si ésta es buena? He leído muchas historias, muy buenas, narradas de forma nefasta, incluso blasfema. Los lectores (entre los que yo siempre me incluyo) merecen un respeto superior: buenas historias y bien narradas. El escritor tiene que jugar, volver a ser niño, disfrutar como en su infancia, y transmitir el placer de la victoria, de lograr alcanzar la meta organizando sus jugadas de manera óptima.

Volvamos a jugar, señoras y señores. No pretendamos demostrar madurez o experiencia. Cada libro tiene que ser como la primera vez que ganamos una partida de damas chinas, o ajedrez, o a la oca,…o la primera vez que metimos un gol.

No olvidemos nunca que también fuimos niños, y podemos seguir siéndolo.

¿Jugamos?

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