ESCRIBIR (VIII) Empezar… personajes…

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Empezar a redactar un texto supone un reto que se nos antoja de esfuerzo hercúleo. Tenemos una historia. Eso ya es mucho más de lo que se puede esperar. Nos apetece comer un soufflé de bacalao, sabemos que nos gusta (hemos comido antes), pero no sabemos qué ingredientes necesitamos, salvo el bacalao que, a pesar de saber dónde comprarlo, hay que quitarle la sal…¡qué follón! Nos apetece escribir una novela que tal vez se pueda clasificar de narrativa contemporánea. Hemos leído mucha narrativa, mucha…Ya tenemos la trama y hay que poblarla de personajes. Cada uno con su carácter, apariencia, vicios, defectos y virtudes. Los manuales nos enseñan y aconsejan en dotar, a estas criaturas, de perfiles sólidos, bien definidos. En algunas ocasiones nos encontramos con textos que nos torturan con descripciones que no acaban nunca, que luego, incluso, comprometen al propio personaje que, por un despiste del autor, pierde una virtud o deja de hacer algo que lo había estado caracterizando en los primeros dos tercios de la novela (en otra entrada hablaré de las novelas de más de 300 páginas).

Ya sabéis que acabo de publicar una novela. Con ella experimento e intento, repito, intento poner en práctica lo que predico desde este blog.

Para empezar he descartado grandes dramas, zombies, psicópatas e investigadores, mujeres ansiosas de sexo, enamoradizas de dudoso romanticismo y aventuras desproporcionadas por lugares de exotismo místico de ubicaciones imposibles. ¿Y entonces qué has escrito? En mi caso simplemente me he basado en una vida normal, protagonizada por una persona normal, rodeada de personas normales. Naturalmente las tramas nacen de un hecho inesperado, algo que obliga a que la normalidad ,que imprime la atmósfera de la novela, se convierta en un hecho insólito.

La consecuencia directa de este elemento sorprendente también obliga a que nuestros personajes replanteen ciertas cuestiones de su vida, tomen decisiones que jamás pensaron tener que tomar, dirijan sus pasos por rumbos cuyas brújulas jamás señalaron.

En “¡Buena suerte, amigo” no se describen a los personajes de una forma convencional. Éstos se construyen a lo largo de la historia. Los episodios se suceden e imponen nuevas reglas del juego. Porque de eso se trata, jugar con las palabras que forman la estructura de nuestra novela o cuento, que arrancan y no para, y nada es igual, en ningún momento. Nuestra novela no es una película. No nos limitemos a hacer una crónica de unos acontecimiento que nos imaginamos. Romper con la rutina literaria es ofrecer un juego que se desarrolla a medida que avanza en el espacio tiempo de nuestros universos. Y los personajes juegan a este juego, se construyen y se destruyen, nacen, crecen y desaparecen. Por sí solos, según exijan los acontecimientos. Como la vida misma, a fin de cuenta.

El protagonista de mi novela goza de una particularidad que mis lectores ni siquiera han notado, alcanzado de forma exitosa el objetivo de mi experimento. Cuando se lo hice notar, alucinaron bastante, dándose cuenta de lo que hice. ¿Crees que es posible que el protagonista de mi novela no tenga nombre, ni se mencione ninguna característica física suya propia y, sin embargo, vive, respira y es el centro de todos los episodios que componen la trama?

Descubre otra forma de narrar.

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