BURDEL

Dame tabaco,

dame papel,

quiero prenderle fuego a este gran burdel.

Dame un puñal,

para un corte letal,

quédate a mi lado como el perro más fiel.

Te he visto hundir tus mundos

sin un gesto ni un lamento,

decir poco me importa, es todo lo que siento.

Tú…, sentado en la misma mesa, entre Dios y Satanás.

Tú…, por mucho que te pida, no vas a darme más.

No quiero

dar otra vuelta,

esta vez no dejaré ninguna pieza suelta.

No arranco,

ni me adelantaré.

Cuando llegue el momento, sé que lo sabré.

Te he visto decidir

entre el bien y el mal

y hacer que pareciera, siempre, algo natural.

Tú…, vamos a prenderle fuego a este gran burdel.

Tú…, aún siento, tu aliento, bajo mi piel.

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ESCRIBIR (V)

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Ésta no es más que una simple reflexión que mandé en respuesta a un post de un blog en el que se denunciaba la compra de reseñas por parte de algunos autores y/o editoriales. La respuesta evoluciona, una vez más, hacia una declaración de intenciones y una invitación a la adquisición de un más firme compromiso con y para uno mismo como autor, y los lectores, como parte fundamental de nuestra razón de ser.

Eso de la compra de reseñas a favor de una obra no es más que una jugada publicitaria. Hasta Elvis, en una de sus primeras apariciones televisivas, pagó a cada una de las jovencitas que chillaban y se arrancaban los pelos mientras cantaba y se meneaba en el escenario. Eso lo convirtió en un fenómeno de masas y puso de moda un estilo de música que fue el comienzo de toda una revolución cultural. Pero eso no hubiera pasado nunca si no hubiera tenido un mínimo de calidad o si la propuesta hubiera sido floja. El público no es tonto. Los negocios que funcionan solo serán siempre los que se basen en esta regla fundamental: repito, el público, los clientes, la gente, en general, no son tontos. Por ejemplo, el código da Vinci de Dan Brown, todo el mundo sabe que es uno de los peores ejemplos de como escribir un libro. Pero, sin embargo, propone una historia, un argumento, hasta el momento inéditos haciendo que el libro fuera un éxito. Y hay que vender, y las editoriales lo saben y, si ni siquiera una traducción elaborada por nuestros más instruidos traductores pudo hacer mucho para mejorar la narración, la propuesta argumental mantuvo las expectativas y se convirtió en un fenómenos de ventas. Y la publicidad es información. Y si quieres vender, pagas para convencer que lo que vendes es bueno. Quien se preste a este juego también se quiere ganar la vida o permitirse un capricho. Entiendo que eso indigna, y más si no se cuenta con uno mismo. Yo pronto colgaré en Amazon un libro. Te pido un presupuesto. Podemos incluso desvelar que te pago para una reseña. Pero, qué gano yo si luego mi obra es, por muchas vueltas que le podamos dar, un producto de baja calidad? Ganaría algo de tiempo, aunque hay que pensar que tanto en librerías como en web un libro no tiene más allá de unos tres meses de vida comercial: en la librería sale de las mesas centrales para acabar en las estanterías o de vuelta a la distribuidora; en la red desaparece simplemente. No creo que haya que juzgar a nadie por intentar estrategias de márketing para vender algo. Ni a nadie que se preste a ello. Depende de la filosofía de cada uno, de cómo decide formar parte de este mundo de las letras. Este mundo se está dividiendo: las editorial ya no saben qué hacer para vender papel. Amazon, mientras, no puede ponerlo más fácil para permitir a cualquier escritor colgar su obra y ofrecerla al mundo entero. Yo, al menos de momento, no tengo ninguna ilusión especial para ver mi obra en papel. Publicaré sin haber sido rechazado jamás por ninguna editorial importante. Nunca les he ofrecido nada, a sabiendas de las dificultades que eso comporta. Por no hablar de las pésimas condiciones económicas que ofrecen ahora en plena época de crisis, la crisis general de todos y la suya propia. No han sabido renovarse, mantener precios, ofrecer productos más atractivos, y la dimensión digital parece que les gana terreno. Yo voy a apostar por el ebook, y no me ha costado nada tener ideas que pondré en práctica para promocionar los libros que vaya colgando. Ideas que veo que a nadie se le ha ocurrido hasta el momento, o no las contempla en primera instancia. Pero, desde luego, no conseguiré nada si mi producto no tiene una calidad mínima. Sin embargo hay que recordar que cualquier producto literario tiene su público y eso hay que respetarlo por poco que nos guste. Hay géneros de todo tipo, y algunos suelen ser cualificados a la baja siempre. Eso, sin embargo, no significa que no tenga un público fiel que necesita ese tipo de obras. He leído muchas veces sobre la baja calidad de los lectores en este país. Me parece una auténtica blasfemia. Si no tienes un mínimo respeto por tus lectores, y crees que tienen un nivel cultural bajo, el fracaso está asegurado. A cualquiera que dice esto le invito a que empiece a respetarse a sí mismo y se decida, de una vez por todas, a escribir textos de calidad, que sean atrevidos, sorprendentes, rompedores. Si la oferta es buena, el éxito está asegurado. Aquí, naturalmente están todas las dificultades. No existen niveles, categorías o calificaciones para los lectores: para mí son todos supremos, doctores honoris causa en cualquiera de mis mundos, y a ellos me debo y a mí mismo. Jamás ofreceré una propuesta que ni yo mismo leería. Y siempre se corre el riesgo de no gustar a todo el mundo.

¿IDIOMA O DIALECTO? No hay debate que valga. ¡Pasen y vean el asombroso mundo de la ignorancia!

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Navegando, navegando, descubro la existencia de una especie de campaña promovida en un blog a favor de autores noveles, con el auspicio de una editorial (no diré ni el nombre del blog ni de la editorial, porque creo que todo el mundo hace las cosas con ilusión, aunque no siempre de forma acertada. Hablo del pecado, pero no del pecador). A parte del extraño sistema de organización de la campaña (pero aquí no me meto; yo no supe entenderlo: serán cosas mías…), lo que me entristeció fue descubrir que, configurando unos bloques de clasificación según el idioma empleado en los textos de los autores participantes, crearon un bloque cuyo destino era el de textos escritos en catalán, valenciano, gallego, vasco u otros, según ellos, “dialectos hispanos” (yo diría “ibéricos”, por lo de que se usan en territorios existentes, geográficamente, en la península “ibérica”). Por todo esto, aquí reproduzco mi comentario en su blog que, supongo, será moderado negativamente y no lo publicarán. Yo lo publico aquí. Pasen y vean el asombroso mundo de la ignorancia:

 

He echado un vistazo a vuestra campaña de autores noveles y, ante todo, siento decir no haberme enterado de nada. Eso, probablemente, es debido a mi cabeza dura que seguramente no funciona tan bien para entender según que cosas. No he sabido encontrar un pxxo enlace para leer algo. Pero lo que realmente me ha escandalizado es por la clasificación como “dialectos hispanos” (¿dialectos de qué idioma? Porque del castellano no, desde luego…) que hacéis del catalán, gallego, vasco…A ver: a menos que fuméis algo muy tóxico y os guste, recomiendo cambiéis de camello y consultéis a cualquier filólogo que os dé la gana que os dirá que no son dialectos, sino idiomas , tan idiomas como el castellano, el francés, el retorrománico (¡Ah, dios mío! ¿Y qué idioma es éste, dónde se habla?), etc… Investiguen (en google está toda la información) y descubrirán el fascinante mundo de las diferencias entre idioma y dialecto. Desde luego, ¡cuánta “pupita” hace la ignorancia rancia…!

 

¡Pa’ mear y no echar gota…!

 

ESCRIBIR (IV)

En otras artes podemos encontrar formas de creación, fuentes de inspiración y recursos interesantes, de los cuales poder extraer elementos útiles para forjar nuestra propia personalidad literaria.

Uno de los elementos de un gran poder seductor es la actitud, y lo extraeremos de un arte que hace (o debería hacer…) un uso de éste de una manera que lo convierte prácticamente en imprescindible: la música. Naturalmente el compromiso de la actitud en la música es casi como un pacto con el propio diablo: carece totalmente de caducidad. Además puede permitir alcanzar un éxito universal, llegando a una inmensa mayoría de seguidores, o reducir drásticamente el número de seguidores, aunque éstos se conviertan en irreductibles y totalmente fieles consumidores de la obra de un autor. Este resultado es impredecible, no se puede prever. El márketing puede conseguir un aumento de las ventas y difusión de un producto, con el consecuente aumento de seguidores. Al final, sin embargo, muchos de ellos se pierden por camino como víctimas de una selección natural. Gustar siempre a todo el mundo es imposible, pero trabajar para querer transmitir a todo el mundo  tiene que ser el objetivo primordial de cualquier creador, independientemente de su estilo, género, tendencias, etc…

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La actitud, como decía, es un elemento creativo fundamental que encontramos en el arte de la música. Cualquier creación musical está sujeta a la actitud , la que deben tener compositores, pasando por intérpretes (o intérpretes de sus propias creaciones), y demás personajes que suelen ser imprescindibles para hacernos llegar este tipo de producto (productores, técnicos de sonido, etc…). La actitud determina todo un universo en el que se revela cualquier fenómeno creativo de un autor, dejando siempre la puerta abierta, y al cual estamos eternamente invitados a entrar y disfrutar de lo que allí queramos encontrar.

La importancia de la actitud radica básicamente en el compromiso que adquiere un autor consigo mismo, en la fidelidad que tendrá que mantener con su más profunda esencia artística y, por lo tanto, personal. Así es y así hay que entenderlo. Ningún autor se puede crear un personaje creativo, paralelo a su “yo”, y pretender aguantar el resto de su vida artística. En cualquier momento flojearía y caería en el fracaso. Sus seguidores detectarían detalles y minúsculas partículas de falta de honestidad en su obra que acabarían generando dudas y preguntas de difícil respuesta llevando a restar el valor de ésa misma obra, hundiéndola en el olvido.

La actitud, y el compromiso que supone de manera implícita, no tiene que impedir que un autor evolucione. La evolución es inevitable por la edad, el cambio de los tiempos, los acontecimientos sociales, las experiencia personales… Pero la esencia profunda no cambia nunca, y tampoco la actitud que se alimenta de ella.

Los lectores son parte del propio escritor. Y el escritor se convierte en parte de los propios lectores. Podemos crear personajes fantásticos, mundos y universos imposibles, situaciones surrealistas,…todo ello se convierte en una realidad efímera, pero tan real como la vida misma de cada uno, aunque dure el tiempo que el lector gasta en sumergirse en la lectura, entre la apertura y el cierre de un libro.

La actitud es parte fundamental de cualquier escritor. Cada palabra escrita es parte de nuestra más pura esencia. El compromiso con nuestra vida literaria radica en la honestidad de mantenernos siempre fiel al compromiso adquirido con nosotros mismos y nuestros lectores. Las preguntas ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy?, cobran una importancia superior a cualquier circunstancia  a la que hubiésemos tenido que hacer frente a lo largo de nuestra vida literaria.

 

Tenemos una cita con nosotros mismos: tenemos que forjar nuestra actitud. Y esto es solo el comienzo de una increíble aventura…

 

ESCRIBIR (III)

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Recordando el Día Mundial de la Poesía, me dispongo a seguir escribiendo.

Veo que cada vez más aumenta la ausencia de poesía en la propia prosa que tanto terreno le tiene ganado. He leído muchos libros recientes que, sin quitarle el mérito de tener una buena historia (¡al menos esto!) carecen totalmente de poesía, por no hablar de la pobre prosa que hace su lectura espesa y fría, convirtiéndola en un puro trámite para seguir su trama. Una buena historia no siempre compensa una prosa insípida. Un buena prosa ha elevado a los altares historias gruesas e interminables tramas, otorgando el mérito de algún que otro nobel a sus autores (seguro que ya han pensado en algunos nombres…). Entiendo la poesía como uno (no el único, desde luego…) de los recursos narrativos más versátiles, flexibles y ricos en multitud de posibles usos, para una más completa y agradecida creación literaria.
En la buena prosa, la de obras que han pasado a la historia, está presente la buena poesía, en las cantidades justas, pero arrancando sensaciones, impresiones y emociones que llegan a los lectores como si estuviéramos allí mismo, entre sus personajes y mientras transcurre la acción.
Por muy buena que sea la historia, hay obras en las que no tenemos otra opción que ser simple observadores; no olemos los cambios de estación, no sentimos el calor ni el frío de los momentos relatados, no nos emociona el dolor o la alegría de un suceso inesperado… Pero, eso sí: nos queda como mínimo la voluntad de saber como acaba todo, si la historia, al menos, es buena y se aguanta.
Leí una entrevista al autor de uno de los best sellers españoles más sonados de los últimos años. En ella confiesa: ” …yo nunca fui escritor..”. Su obra – una historia construida con trozos de realidades históricas, pero configurando una trama que hace posible desear saber su desenlace – carece totalmente de esa dosis justa de poesía que convierte cualquier escrito en literatura. Y eso es un mal que se expande y es altamente contagioso. Los escritores acaban siendo únicamente cronistas de los frutos de su imaginación, como si de realidades de dimensiones paralelas se tratasen. La literatura no es periodismo, si no se llamaría igual con la misma palabra.

ESCRIBIR (II)

Cuando se habla de creación literaria, se suele hablar sobre qué deseamos escribir. Si anteriormente hablé de manejar ideas, seleccionarlas y decidir cuál de ellas va a tener el privilegio de ser seleccionada, ahora quiero hablar de cómo seguir el camino para alcanzar su próximo descubrimiento. Las ideas están allí, hay que descubrirlas. La mala noticia es que cualquier idea vale, interesa, gusta. Sin embargo la idea tiene la dificultad de conseguir que sea adjudicada al escritor más adecuado. Aquí es cuando, volviendo a la creación literaria, nos encontramos con los primero ejercicios que se suelen proponer para empezar a desarrollar o estimular la imaginación. Se aconseja recurrir a recuerdos de la vida, pequeñas anécdotas de las que fuimos protagonistas, y narrarlas dándoles una dimensión novelesca que las convierta en productos susceptibles de publicación, o, en el peor de los casos, legibles.

Abro un libro, abro otro, leo algunos párrafos, y los abandonos otra vez en su habitáculo reservado en una estantería. Si tengo la buena fortuna de tropezar con una historia estremecedora, que me atrapa y me obliga a tener que descubrir su resolución final, acabo topando con crónicas, en su estilo más duro, frío que lo único que me demuestran es que sus autores dominan a la perfección la conjugación de los verbos en sus tiempos pretéritos; llevan a cabo un esfuerzo hercúleo en descripciones detalladas de las cosas, que no de su esencia, recordándome técnicas narrativas periodísticas que espero encontrar en los periódicos, y no en las novelas.

Miro un programa de cocina, de estos que están tan de moda ahora, y encuentro la clave de muchos temas que nos ocuparán en el tiempo. Un chef encargado de salvar un restaurante venido a menos se dispone a comer algunos platos de la carta del establecimiento hostelero en cuestión:” ¿Y tu te atreves a servir eso a tus clientes?”, o lo que es mejor aún “¿Tu te comerías esto?” le chilla al dueño del restaurante.

Pregunta:”¿Tu escribirías esto así?” o lo que es mejor aún “¿Tu gastarías parte de tu tiempo en leer esto?”.

Yo, cuando leo, quiero transportarme, quiero viajar, quiero volar. Cuando escribo, no quiero bajar nunca…

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ESCRIBIR

Con ordenadores e impresoras laser, la tecnología vence a la imaginación la batalla cuya mayor víctima es el libro, y todo lo que contiene.

Con ordenadores e impresoras laser, la tecnología vence a la imaginación en la batalla cuya mayor víctima es el libro, y todo lo que contiene.

Cuando un escritor (lo somos todos desde el momento que cogemos un bolígrafo y escribimos la lista de la compra) busca ideas, siempre corremos el peligro de caer en una de esas dos trampas: una buena idea, sin saber de qué manera desarrollarla, o una mala idea, camuflada detrás de una invisible – pero espesa – cortina de poesía o recursos narrativos atrevidos, pero incomprensibles para el lector (sí, lector, a secas, sin ningún calificativo. Si tenemos la suerte de tener nuestro libro expuesto en una librería o biblioteca, al alcance de todo el mundo, el lector puede ser cualquiera, de cualquier condición social, edad, etnia, inteligencia o sabiduría).

No hay como leer cualquier libro, fuera el que fuese, durante años, o unos cuantos durante un par de meses, para darse cuenta de lo que acabo de decir (o escribir, según se vea, que para el caso es lo mismo!).